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¡Esto es jauja!

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Respetar los ritmos vitales

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Vivimos en una sociedad empeñada en establecer normas y etiquetas que sirvan para todos. Lo vemos en los colegios, donde los niños están sometidos a una misma evaluación que no entiende de matices cuando cada uno atesora unas competencias diferentes y un ritmo de aprendizaje hecho a su medida. Pero no es el único ámbito en el que tendemos a generalizar sin reparar en la diversidad de cada individuo.

Otro ejemplo es la dosis indicada en el folleto de cada medicamento, ya que la gran mayoría solo distingue entre adulto y niño. Y digo yo que no será lo mismo un cuerpo adulto de 1.50 metros y 45 kg que uno de un jugador de la NBA. Pero ¡qué más da!, dictamos un patrón y nos quedamos tan anchos como si el problema lo tuviera la persona que no entra dentro de esos cánones.

Teniendo en cuenta esta tendencia, resulta obvio (aunque no por ello menos criticable) que hagamos exactamente lo mismo con las etapas vitales. Según la sociedad, a los 20 es el momento de estudiar, cuando te acercas a los 30 debes tener un trabajo fijo y a partir de la tercera década ya va siendo hora de casarse y reproducirse.

Pues yo digo que no. Que a los 30 es igual de productivo estudiar que a los 20, incluso tiene sus ventajas porque estás más preparado para elegir la profesión que te acompañará el resto de tu vida. Y tampoco pasa nada por no tener pareja ni a los 40 ni a los 50 ni nunca. Cada persona es libre y sus decisiones no son menos acertadas que las de la gran mayoría. Simplemente son diferentes, de la misma manera que lo es cada ser humano que habita en la Tierra. ¿Tan difícil es de comprender?

Dejemos de hacer sentir mal a los solteros y a las solteras con el “se te está pasando el arroz” o a las parejas diciéndoles “¿y vosotros para cuando un bebé?”. Y como estos, tantos otros ejemplos de frases que presionan a los demás para que hagan lo que socialmente está aceptado como correcto. Cuando, bajo mi punto de vista, lo único correcto en esta vida debería ser el respeto a cada persona y a su ritmo vital. Así de simple.

Ordena tu casa para ordenar tu mente

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El hogar podría definirse como un cachito de universo propio donde refugiarse y ser uno mismo. Como parte de nosotros, aunque sea a nivel material, transmite mucho sobre nuestro estilo de vida. No me refiero a cúan grande sea o a su valor económico, ya que son variables que nos vienen impostadas de antemano. Más bien se trata de la energía que desprende una casa y, sobre todo, si se puede apreciar un cierto orden en ella.

Tal vez no sea casualidad que la mayoría de adolescentes tengan su habitación patas arriba, con la ropa desperdigada por encima de la cama y los restos de la cena como parte de la decoración. El aspecto de su espacio denota el paso por una etapa llena de cambios, inseguridades y un descontrol hormonal importante. Por lo tanto, se podría establecer una relación entre su estado emocional y el orden de su habitación.

Con el paso de los años, muchos adultos siguen dejando entrever su situación personal a través de su hogar. Evidentemente no es un análisis fiable al 100%, como todo lo que tiene que ver con la mente humana, pero puede servirnos de referente en la mayoría de casos. Pero no os explico todo esto para que os limitéis a utilizar de manera pasiva este método, ni mucho menos. Os animo a invertir la teoría para mejorar vuestra salud emocional.

De la misma manera que os expliqué en un post anterior que nos equivocamos al esperar a estar felices para sonreír cuando el simple hecho de hacerlo de manera forzada hace que nuestro cuerpo libere endorfinas que mejoran automáticamente nuestro estado de ánimo. Bien, pues en este caso sucede exactamente lo mismo, ya que a veces un cambio externo nos da el empuje necesario para interiorizarlo. En esta ocasión, el lema sería: ordena tu casa para ordenar tu mente.

Y si queremos ir todavía más allá, podemos poner en práctica las propuestas del conocido Feng Shui con el objetivo de equilibrar y canalizar las energías del universo. En este sentido, es muy interesante el apunte sobre la acumulación de trastos viejos e inútiles en casa que acaban por cargar de negatividad todo nuestro espacio. Así que poneos manos a la obra hasta lograr que en casa se respire la misma armonía que deseáis tener en vuestra vida.

Ni maestro ni aprendiz

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Ni maestro ni aprendiz. Ni una cosa ni la otra y las dos a la vez. ¿Un tanto incoherente? Me explico. No creo en el imaginario de la sabiduría representado por un anciano con una barba infinita de color blanco.

Desde mi punto de vista, la edad solo otorga experiencia pero sabios somos todos. Hasta un niño, un adolescente o, incluso, un animal. Cada uno tiene algo valioso que aportar. Y por supuesto, de la misma manera, las personas mayores también atesoran una infinidad de conocimientos de los que se puede aprender. Pero eso no quiere decir que sean los únicos maestros en la vida.

En mi caso, por ejemplo, recibo lecciones a diario por parte de mis animales. Ellos me enseñan la importancia de disfrutar al máximo del presente y la fuerza del amor sin prejuicios, entre otras tantas cosas. Y seguramente ellos también han aprendido algo de mí después de tantos años de convivencia como el respeto a otras especies animales y humanas. En eso consiste la vida, en un intercambio infinito de enseñanzas. Por otra parte, el contacto con los más pequeños de la casa me devuelve una mirada inocente ante la vida y me reconcilia con mi niño interior.

Espero que ahora se entienda un poco más la contradicción con la que he empezado estas líneas. Una reflexión a la que precisamente llegué tras escuchar las palabras de una persona de casi 90 años. Cuando le preguntaron cómo hacia para desprender ese aire jovial que le caracteriza, respondió que su secreto era seguir aprendiendo de cada ser que se cruzaba en su camino y escuchar, sobre todo escuchar. Ese día, él fue un gran maestro y yo su aprendiz.

Gracias a él entendí la importancia de mantener la mente abierta, de seguir aprendiendo más allá de la época de la escuela y de no creerme superior a nadie por mucha edad o capacidad intelectual que nos separen. Al final te das cuenta que cada persona es sabia en alguna materia pero que pocas saben renunciar al ego para volver a ocupar su pupitre de aprendiz.

Los gestos que delatan a un/a mentiroso/a

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Cuando la boca calla, el cuerpo sigue hablando. Bajo esta premisa se desarrolla la comunicación no verbal, un estudio que desgrana el significado de los gestos y expresiones. Su vertiente científica se basa en la neurociencia y, en concreto, abarca tres disciplinas: la sinergología, las microexpresiones y la paralinguística.

Las conclusiones que se extraen del análisis del lenguaje corporal y facial se utilizan de manera cotidiana en organismos policiales, departamentos de recursos humanos y en el ámbito de la política, entre otros. Y no es de extrañar, ya que la comunicación no verbal representa entre un 55% y un 90% de la información que se intercambia en un proceso de comunicación.

Al tratarse de una materia en la que tienen mucho que ver las emociones y la afectividad, nunca se puede asegurar una efectividad absoluta, ya que no se trata de un problema matemático en el que existe un resultado exacto. Además, su interpretación varía según el país en el que nos encontremos o la cultura de las personas que participan.

A pesar de esto, la comunicación no verbal pone a nuestra disposición herramientas clave para reafirmar nuestras sospechas o como primer indicio de una interpretación. Uno de los casos en los que puede ser más útil esta disciplina es cuando queremos saber si podemos confiar en alguien. Si te encuentras en esa situación, toma nota de los siguientes gestos y posturas que delatan a un/a mentiroso/a.

  • El contacto visual es escaso o, incluso, inexistente. También se pueden percibir movimientos rápidos con los ojos.
  • El interlocutor tiende a taparse la boca con sus manos o dedos.
  • Se detecta un ligero aumento de la respiración y de la transpiración.
  • Incrementa el movimiento de los pies y de los párpados.
  • Gestos exagerados y artificiales.

5 simples pasos para ser positivo en tu día a día

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Ser positivo está de moda. Los estudios demuestran que mejora nuestra existencia, los psicólogos lo consideran un ingrediente imprescindible para saborear la felicidad y muchas personas corroboran que realmente logra cambiarte la vida. Pero para la gran mayoría no es tan fácil dar el salto. Dejar a un lado manías, rutinas y hábitos automatizados es una tarea complicada. Así que acabamos por desistir. Nos convencemos de que no estamos hechos para ver el lado bueno de las cosas y regresamos a nuestra zona de confort.

Por eso hoy voy a enumerar cinco pautas claras y sencillas para vivir un día desde la positividad. Nada de conceptos abstractos y bucólicos. Aquí encontraréis puntos clave que aseguran una actitud positiva a todo aquel que las lleve a cabo.

Pero antes de empezar, me gustaría aclarar que ser positivo no tiene nada que ver con distorsionar la realidad y ver todo de color de rosa. Una persona positiva también llora, grita y se frustra. Pero sabe que es algo temporal y se pone manos a la obra para que no dure demasiado porque en el fondo sabe que eso le daña y no consigue solucionar el problema. Por lo tanto, alguien positivo es más bien práctico y valiente. Decide coger el toro por los cuernos y afrontar las adversidades sin dejarse llevar por el victimismo o la tristeza crónica. Y sí, ya que está puesto prefiere mirar hacia adelante con una sonrisa en la cara y confianza en sí mismo. Dicho esto podemos empezar con la guía práctica. ¿Preparados para 24 horas de positividad?

  • Cuando te mires en el espejo por la mañana, dedícate el mejor piropo que te venga a la cabeza. “Para la edad que tengo no estoy nada mal”. “Hoy estás realmente guapo”. “Me encanta mi sonrisa”. Tú eliges. Pero eso no es todo, tienes que decirlo de manera sincera y créertelo.
  • Mi segundo consejo es simple. Sonríe. Aunque no tengas ganas ni motivos. Simplemente hazlo. A veces cometemos el error de esperar a estar felices para sonreír cuando tendría que ser todo lo contrario. El cerebro no distingue si tu gesto es falso o no y automáticamente el cuerpo genera endorfinas y serotoninas (sustancias del placer).
  • Si tienes algún conflicto, intenta afrontarlo desde la empatía. Una verdad siempre tiene dos versiones así que no te quedes solo con la tuya. Ponte en el lugar del otro y recuerda que cada uno tiene sus propios problemas y antecedentes. Nunca juzgues a nadie sin conocer el peso que carga en su espalda.
  • Dedica un momento de tu jornada a hacer algo que realmente te apasione. Puede ser ir al gimnasio, pasear con tu perro, ir a clases de baile. Lo único que importa es que, más allá del trabajo, dispongas de un tiempo propio en el que tú decidas qué te apetece hacer. Las personas eternamente ocupadas (y las otras también), pueden optar por escuchar a todo volumen una canción que les motive y les ayude a recargar fuerzas.
  • Acaba tu jornada con una de las emociones más puras y reconfortantes que existen: ser agradecido. Repasa mentalmente todas las cosas, las personas y las situaciones por las que deberías dar las gracias y recuerda lo afortunado que eres. Para rematar la jugada, visualiza los mejores momentos de tu día a modo de fotografías mentales.

Guía práctica para no abandonar los propósitos de 2017

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Tan solo nos separan un par de semanas del 1 de enero pero las ganas con las que se afrontan los propósitos de fin de año parecen estar a años luz de distancia. Adelgazar, ir al gimnasio, dejar de fumar, ahorrar o ser mejor persona son las metas más populares entre los españoles. Y fin de año es un momento idóneo para plantearlas porque el hecho de finalizar una etapa nos facilita hacer un balance objetivo de nuestra vida y detectar los puntos que podemos mejorar. Además se tiene que añadir la motivación que suscita disponer de 365 días para estrenar.

Hasta aquí todo perfecto. El problema es cuando el calendario avanza y nos damos cuenta que no basta con cambiar la cifra del año para romper con rutinas que tenemos programadas en modo automático desde hace tiempo. ¿Con eso quiero decir que es inútil plantearse nuevos retos? Ni mucho menos. Pero tenemos que concienciarnos de que no se trata de algo instantáneo ni fácil. Hace falta fuerza de voluntad y perseverancia. A todos los valientes que estéis dispuestos a poner de vuestra parte para lograr vuestras metas, os explico cinco claves que os servirán de gran ayuda.

  • Para empezar, recuerda los motivos por los que elegiste esos propósitos y ten en cuenta que si te vinieron a la mente es porque en el fondo sabes que son cambios necesarios en tu vida. Después visualiza el momento en que los logres y recurre a la felicidad que inspira esa imagen cuando lleguen los momentos de flaqueza.
  • Hazte con una libreta y escribe todos los puntos que decidiste modificar. Dicen que las palabras se las lleva el viento, así que dejar constancia de tus objetivos en un papel hará que parezcan más serios y reales. Si eres de los que disfruta con la escritura, te aconsejaría que llevarás un seguimiento de tus propósitos en la misma libreta.
  • Comparte con los demás tus metas y si fuera posible, anima a algún amigo o familiar para que emprenda este camino contigo. Por una parte, al explicar a otras personas nuestra decisión de realizar dichos cambios se consigue otorgarles más veracidad que si nos los guardamos para nosotros mismos. Y por otra parte, si tenemos cerca a alguien que persigue el mismo objetivo nos será más fácil llevarlo a cabo y, además, puede ayudarnos psicológicamente si decidimos tirar la toalla.
  • Huye de las ideas generales y abstractas y delimita tus propósitos con acciones realistas que no sean imposibles de alcanzar. No es lo mismo decir que quiero adelgazar, que puntualizar que me gustaría perder X kilos en un mes. De esta manera, alimentarás tu motivación al ver cómo cumples pequeños retos que te acercan a la meta final.
  • El último punto tiene que ver con convertirnos en nuestros mejores entrenadores personales. Eso significa mantener la positividad y la alegría mientras nos esforzamos para lograr nuestros retos. Y sobre todo, no ser demasiado duros con nosotros mismos.

Cinco libros que te cambiarán la vida

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La Navidad está a la vuelta de la esquina. En esta época afloran los buenos deseos y la solidaridad hacia los demás pero también los regalos como muestra de amor. Para todos aquellos que todavía no tengan claro qué comprar, les propongo una opción que nunca falla y que deja huella. La idea es ir más allá de lo material y aportar algo a nivel emocional. ¿A qué me refiero? A los libros de crecimiento personal y psicología positiva.

En concreto os revelaré cinco que de alguna manera cambiaron mi vida y me hicieron ver las cosas desde otro punto de vista. No esperéis grandes novelas con argumentos rebuscados ni una prosa digna del premio Nobel. Pero sí encontraréis buenas vibraciones, claves para vivir mejor, puntos de vista revolucionarios y mucho sentimiento.

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Mi primera propuesta, y mi favorita, es El monje que vendió su Ferrari de Robin Sharma. Un libro inspirador que cuestiona la importancia del mundo material e invita a adentrarse en el camino de la espiritualidad con pasos prácticos y sencillos. El protagonista es un abogado con una vida tan estresante que acaba provocándole un infarto. Ese suceso le hace replantearse sus prioridades e inicia, junto al lector, una nueva senda donde lo importante es mirar hacia dentro y no hacia fuera.

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Otra de mis obras clave es La maestría del amor de Miguel Ruiz. En este caso se cuestiona los tipos de amor de pareja y se explican los puntos necesarios para conseguir una relación sana y duradera. Un libro que no puede faltar en las estanterías de aquellos que quieren ser felices pero también hacer felices a los demás.

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En este post es inevitable hablar del autor más inspirador en el ámbito del crecimiento personal y la psicología positiva, Jorge Bucay. La bibliografía de este escritor y terapeuta argentino es imprescindible para las personas interesadas en esta temática pero si tuviera que quedarme únicamente con una de sus novelas, elegiría Cartas para Claudia. Se trata de un compendio de cuentos con una moraleja que no deja indiferente a nadie al tratar temas como el amor, el autoconocimiento, los miedos o los secretos de la vida. Sin duda, un clásico que merece la pena leer y releer en momentos de crisis existencial.

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En cuarto lugar citaría Donde tus sueños te lleven de Javier Iriondo. Una obra muy completa, con consejos prácticos y una historia de fondo que no tiene pérdida. Es ideal para superar miedos y recuperar la confianza en uno mismo. Iriondo logra dar al lector ese empujoncito que todos necesitamos en algún momento y lo anima a tomar las riendas de su vida. Aquellos que quieran saber más, les aconsejo que visualicen el resumen visual del libro.

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Por último, y no por eso menos importante, cabe destacar a Albert Espinosa. Este escritor y director de cine con una experiencia propia de superación personal conmovedora, consigue como ningún otro transmitir magia y buen humor en sus novelas. A nivel personal, me quedaría con Brújulas que buscan sonrisas perdidas y El mundo azul ama tu caos.

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En los dos casos, el lector se deleitará con argumentos originales que le harán replantearse todo lo que nos han contado sobre la vida. Y mucho más importante, cuál debe ser nuestro papel y actitud ante ella para alcanzar la plenitud y el bienestar propio.

A contracorriente

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Están por todas partes. En los ascensores, en los restaurantes o, incluso, en los transportes públicos. Me refiero a las personas que ya no miran a los ojos cuando hablan, que convierten una cena de pareja en una cita a tres por culpa del smartphone. Sí, esos mismos que cuando alguien se sube en el ascensor esperan con ansía que se abra la puerta para dejar de pasar un mal trago. Somos seres sociales por naturaleza pero a veces parece que tenemos miedo a nuestros propios congéneres hasta el punto de rozar la mala educación o el egocentrismo.

Así que hoy quiero pediros que vayáis a contracorriente. Que saludéis a vuestro vecino con una sonrisa y le preguntéis como fue su día, que aprovechéis esos minutos dentro del ascensor para hablar del tiempo o de lo que se os ocurra. O simplemente que cuando alguien se levante de su asiento en el autobús para permitiros bajar, le digáis gracias mirándole a los ojos. Y a aquellos que no podéis vivir sin tener el móvil entre vuestras manos, os rogaría que sepáis dejarlo en el bolsillo cuando la compañía sea importante.

No hace falta que de repente os volváis los seres más extrovertidos del planeta o que habléis sin sentido a todo el mundo en cualquier momento. Solo se trata de abrir nuestra mirada al mundo, más allá de nuestro ombligo o nuestro móvil, y relacionarnos sin miedo con las personas que nos rodean. Quién sabe si podemos sacar alguna lección de vida o una simple sonrisa de vuelta que nos alegre el día.

Sobre este tema existen diferentes estudios que corroboran los beneficios emocionales que conseguimos al relacionarnos con los demás. Según la Universidad de Nottingham (Reino Unido) y la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) incorporar estas rutinas en nuestra vida puede mejorar nuestro sistema inmunológico y potenciar nuestra creatividad. ¿Necesitas más argumentos para ir a contracorriente?

¿Cómo (mal)tratamos a los más vulnerables?

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Os pongo en situación. Doce de la mañana de un sábado cualquiera en un supermercado. De repente, un grito desvía mi atención del carrito de la compra. No era un grito de miedo, ni de sorpresa. Más bien transmitía rabia, desprecio, autoridad. “De verdad que no puedo más contigo, eres insoportable. ¡Me tienes harto!”. Concretamente ese era el mensaje que siguió a aquel grito que todavía hoy me pone la piel de gallina con solo recordarlo. Quizás ese día estaba más sensible de lo habitual o mi empatía enfermiza me volvió a jugar una mala pasada pero aquellas palabras me dolieron incluso a mí que me encontraba a metros de distancia.

En seguida pensé que podía tratarse de un caso de maltrato psicológico hacia la pareja o tal vez de un adolescente en plena efervescencia de hormonas desafiando a sus padres. Pero no. Cuando me giré no podía creer lo que vieron mis ojos. Una persona adulta, que más da si hombre o mujer, se dirigía a su hija de apenas cuatro años. Me quedé helada. No sé si me afectó más que las personas de mi alrededor ni siquiera se sorprendieran o la cara de la víctima. En sus ojos se adivinaba una mezcla de incomprensión, culpabilidad y tristeza. Desde aquel día me fijo en cómo tratamos a los más pequeños y lamentablemente este tipo de episodios es más habitual de lo que esperaba.

Mi objetivo no es dar lecciones de maternidad ni paternidad a nadie. Ni si quiera tengo hijos, así que sería absurdo. Simplemente pretendo reflexionar sobre la ligereza con la que gritamos y culpabilizamos a los niños. Por mucha razón que tengamos, por muy mal que se porten. A mi parecer nada justifica que les tratemos de un modo que nunca emplearíamos con otras personas adultas como nuestros amigos o pareja. Por ejemplo, esa misma frase que escuché en el supermercado dirigida a un compañero de trabajo exigiría una explicación inmediata y una disculpa en toda regla. ¿Qué cambia cuando se la decimos a nuestros hijos? Únicamente tienen menos recursos para defenderse ya que dependen totalmente de nosotros.

Además, si realmente están teniendo un comportamiento equivocado ¿creéis que con gritos e insultos entenderán la manera correcta de hacer las cosas? ¿O más bien les transmitiremos que es aceptable tratar mal a un ser querido, tal y como estamos haciendo nosotros con ellos?

Vuelvo a repetir que no intento aleccionar a nadie. Las madres y los padres perfectos no existen y el estrés que supone tener hijos en la sociedad de hoy en día provoca que en varias ocasiones se pierdan los nervios. Pero también es cierto que estamos construyendo las bases sobre las que se asentarán sus principios y valores el día de mañana. Y nunca es tarde para enseñar que el respeto hacia cualquier ser vivo sin importar la edad, la raza, la especie o el sexo, es el motor para conseguir un futuro mejor.

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