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Vivimos en una sociedad empeñada en establecer normas y etiquetas que sirvan para todos. Lo vemos en los colegios, donde los niños están sometidos a una misma evaluación que no entiende de matices cuando cada uno atesora unas competencias diferentes y un ritmo de aprendizaje hecho a su medida. Pero no es el único ámbito en el que tendemos a generalizar sin reparar en la diversidad de cada individuo.

Otro ejemplo es la dosis indicada en el folleto de cada medicamento, ya que la gran mayoría solo distingue entre adulto y niño. Y digo yo que no será lo mismo un cuerpo adulto de 1.50 metros y 45 kg que uno de un jugador de la NBA. Pero ¡qué más da!, dictamos un patrón y nos quedamos tan anchos como si el problema lo tuviera la persona que no entra dentro de esos cánones.

Teniendo en cuenta esta tendencia, resulta obvio (aunque no por ello menos criticable) que hagamos exactamente lo mismo con las etapas vitales. Según la sociedad, a los 20 es el momento de estudiar, cuando te acercas a los 30 debes tener un trabajo fijo y a partir de la tercera década ya va siendo hora de casarse y reproducirse.

Pues yo digo que no. Que a los 30 es igual de productivo estudiar que a los 20, incluso tiene sus ventajas porque estás más preparado para elegir la profesión que te acompañará el resto de tu vida. Y tampoco pasa nada por no tener pareja ni a los 40 ni a los 50 ni nunca. Cada persona es libre y sus decisiones no son menos acertadas que las de la gran mayoría. Simplemente son diferentes, de la misma manera que lo es cada ser humano que habita en la Tierra. ¿Tan difícil es de comprender?

Dejemos de hacer sentir mal a los solteros y a las solteras con el “se te está pasando el arroz” o a las parejas diciéndoles “¿y vosotros para cuando un bebé?”. Y como estos, tantos otros ejemplos de frases que presionan a los demás para que hagan lo que socialmente está aceptado como correcto. Cuando, bajo mi punto de vista, lo único correcto en esta vida debería ser el respeto a cada persona y a su ritmo vital. Así de simple.

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