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Ni maestro ni aprendiz. Ni una cosa ni la otra y las dos a la vez. ¿Un tanto incoherente? Me explico. No creo en el imaginario de la sabiduría representado por un anciano con una barba infinita de color blanco.

Desde mi punto de vista, la edad solo otorga experiencia pero sabios somos todos. Hasta un niño, un adolescente o, incluso, un animal. Cada uno tiene algo valioso que aportar. Y por supuesto, de la misma manera, las personas mayores también atesoran una infinidad de conocimientos de los que se puede aprender. Pero eso no quiere decir que sean los únicos maestros en la vida.

En mi caso, por ejemplo, recibo lecciones a diario por parte de mis animales. Ellos me enseñan la importancia de disfrutar al máximo del presente y la fuerza del amor sin prejuicios, entre otras tantas cosas. Y seguramente ellos también han aprendido algo de mí después de tantos años de convivencia como el respeto a otras especies animales y humanas. En eso consiste la vida, en un intercambio infinito de enseñanzas. Por otra parte, el contacto con los más pequeños de la casa me devuelve una mirada inocente ante la vida y me reconcilia con mi niño interior.

Espero que ahora se entienda un poco más la contradicción con la que he empezado estas líneas. Una reflexión a la que precisamente llegué tras escuchar las palabras de una persona de casi 90 años. Cuando le preguntaron cómo hacia para desprender ese aire jovial que le caracteriza, respondió que su secreto era seguir aprendiendo de cada ser que se cruzaba en su camino y escuchar, sobre todo escuchar. Ese día, él fue un gran maestro y yo su aprendiz.

Gracias a él entendí la importancia de mantener la mente abierta, de seguir aprendiendo más allá de la época de la escuela y de no creerme superior a nadie por mucha edad o capacidad intelectual que nos separen. Al final te das cuenta que cada persona es sabia en alguna materia pero que pocas saben renunciar al ego para volver a ocupar su pupitre de aprendiz.

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