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Están por todas partes. En los ascensores, en los restaurantes o, incluso, en los transportes públicos. Me refiero a las personas que ya no miran a los ojos cuando hablan, que convierten una cena de pareja en una cita a tres por culpa del smartphone. Sí, esos mismos que cuando alguien se sube en el ascensor esperan con ansía que se abra la puerta para dejar de pasar un mal trago. Somos seres sociales por naturaleza pero a veces parece que tenemos miedo a nuestros propios congéneres hasta el punto de rozar la mala educación o el egocentrismo.

Así que hoy quiero pediros que vayáis a contracorriente. Que saludéis a vuestro vecino con una sonrisa y le preguntéis como fue su día, que aprovechéis esos minutos dentro del ascensor para hablar del tiempo o de lo que se os ocurra. O simplemente que cuando alguien se levante de su asiento en el autobús para permitiros bajar, le digáis gracias mirándole a los ojos. Y a aquellos que no podéis vivir sin tener el móvil entre vuestras manos, os rogaría que sepáis dejarlo en el bolsillo cuando la compañía sea importante.

No hace falta que de repente os volváis los seres más extrovertidos del planeta o que habléis sin sentido a todo el mundo en cualquier momento. Solo se trata de abrir nuestra mirada al mundo, más allá de nuestro ombligo o nuestro móvil, y relacionarnos sin miedo con las personas que nos rodean. Quién sabe si podemos sacar alguna lección de vida o una simple sonrisa de vuelta que nos alegre el día.

Sobre este tema existen diferentes estudios que corroboran los beneficios emocionales que conseguimos al relacionarnos con los demás. Según la Universidad de Nottingham (Reino Unido) y la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) incorporar estas rutinas en nuestra vida puede mejorar nuestro sistema inmunológico y potenciar nuestra creatividad. ¿Necesitas más argumentos para ir a contracorriente?

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