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Os pongo en situación. Doce de la mañana de un sábado cualquiera en un supermercado. De repente, un grito desvía mi atención del carrito de la compra. No era un grito de miedo, ni de sorpresa. Más bien transmitía rabia, desprecio, autoridad. “De verdad que no puedo más contigo, eres insoportable. ¡Me tienes harto!”. Concretamente ese era el mensaje que siguió a aquel grito que todavía hoy me pone la piel de gallina con solo recordarlo. Quizás ese día estaba más sensible de lo habitual o mi empatía enfermiza me volvió a jugar una mala pasada pero aquellas palabras me dolieron incluso a mí que me encontraba a metros de distancia.

En seguida pensé que podía tratarse de un caso de maltrato psicológico hacia la pareja o tal vez de un adolescente en plena efervescencia de hormonas desafiando a sus padres. Pero no. Cuando me giré no podía creer lo que vieron mis ojos. Una persona adulta, que más da si hombre o mujer, se dirigía a su hija de apenas cuatro años. Me quedé helada. No sé si me afectó más que las personas de mi alrededor ni siquiera se sorprendieran o la cara de la víctima. En sus ojos se adivinaba una mezcla de incomprensión, culpabilidad y tristeza. Desde aquel día me fijo en cómo tratamos a los más pequeños y lamentablemente este tipo de episodios es más habitual de lo que esperaba.

Mi objetivo no es dar lecciones de maternidad ni paternidad a nadie. Ni si quiera tengo hijos, así que sería absurdo. Simplemente pretendo reflexionar sobre la ligereza con la que gritamos y culpabilizamos a los niños. Por mucha razón que tengamos, por muy mal que se porten. A mi parecer nada justifica que les tratemos de un modo que nunca emplearíamos con otras personas adultas como nuestros amigos o pareja. Por ejemplo, esa misma frase que escuché en el supermercado dirigida a un compañero de trabajo exigiría una explicación inmediata y una disculpa en toda regla. ¿Qué cambia cuando se la decimos a nuestros hijos? Únicamente tienen menos recursos para defenderse ya que dependen totalmente de nosotros.

Además, si realmente están teniendo un comportamiento equivocado ¿creéis que con gritos e insultos entenderán la manera correcta de hacer las cosas? ¿O más bien les transmitiremos que es aceptable tratar mal a un ser querido, tal y como estamos haciendo nosotros con ellos?

Vuelvo a repetir que no intento aleccionar a nadie. Las madres y los padres perfectos no existen y el estrés que supone tener hijos en la sociedad de hoy en día provoca que en varias ocasiones se pierdan los nervios. Pero también es cierto que estamos construyendo las bases sobre las que se asentarán sus principios y valores el día de mañana. Y nunca es tarde para enseñar que el respeto hacia cualquier ser vivo sin importar la edad, la raza, la especie o el sexo, es el motor para conseguir un futuro mejor.

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