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Su nombre es enérgico, directo y divertido. Parece que se lo han tejido a medida para que vaya a conjunto con su personalidad. Aunque en realidad poco importa cómo se llama, lo que realmente merece la pena recordar es su vitalidad y, sobre todo, su permanente sonrisa. Desde que la conocí, de una manera tan casual como fugaz, no he podido olvidarme de ella. Irrumpió en casa de un familiar con la fuerza de un torbellino y en dos segundos nos había ganado a todos con su desparpajo.

No la conocía de nada pero en pocos minutos supe que justo ese día volvía de pasar tres meses de vacaciones en una ciudad costera donde había compartido risas y aventuras con sus seres queridos. Según me explicó, no faltaron las excursiones matutinas ni las noches de chicas hasta las dos de la madrugada. Y ahora le tocaba regresar a la rutina de su casa pero eso no le hacía perder la sonrisa. “Eso de la depresión postvacacional son todo patrañas modernas”- me susurró. Ella prefería quedarse con el lado bueno de la vida y no darle demasiadas vueltas a las cosas negativas.

Así que ahora pensaba que le esperaban paseos diarios, meriendas entre amigas y compras en el mercado. Nada extraordinario, lo sé. Pero yo la escuchaba embobada, su carisma me había atrapado y a los pocos minutos no pude evitar que también me contagiara su exuberante positivismo.

La sorpresa llegó cuando me dijo que adivinara su edad. ¿60? No. ¿65? Error. Me miró tronchándose de risa y exclamó: “¡90, tengo 90!” No me lo podía creer. Esa mujer se encontraba en un perfecto estado mental y físico, con pequeños achaques de la edad pero tenía más vitalidad que todos los que estábamos allí presentes y la mayoría no llegábamos a los 30. Cuando superé mi asombro y pude abrir la boca, fue irremediable preguntarle si existía algún secreto para envejecer tan fabulosamente bien.

Primero me interesé por el tipo de alimentación que seguía. Básicamente desayunaba de manera abundante, comía pronto y su última comida del día la realizaba a la hora de la merienda porque no le gustaba cenar demasiado e irse a la cama con el estómago lleno. Después le interrogué sobre si llevaba un estilo de vida sedentario o si le gustaba mantenerse activa. En este caso, me confesó que nunca paraba quieta y que cada día caminaba un buen rato. “Es curioso porque muchas veces cuando voy con mis hijos a algún lado les tengo que convencer para que vayamos andando. Si fuera por ellos iríamos siempre en coche aunque tuviéramos que desplazarnos a la vuelta de la esquina”, agregó un tanto indignada.

De repente se quedó pensativa y tras unos segundos de silencio, dijo: “todo esto de la alimentación y del deporte está muy bien y evidentemente afecta pero ¿sabes cuál creo que es el secreto? No tomarse la vida demasiado en serio, reír siempre que se pueda y no darle muchas vueltas a la cabeza”.

Este tipo de consejos los hemos leído y escuchado mil veces pero ella había dado un paso más y lo había llevado a la práctica. Y no creáis que la vida de esta mujer había sido un camino de rosas. Fallecimientos trágicos de familiares muy cercanos como su marido, décadas de trabajo duro y huída forzada de su país a consecuencia de la guerra eran algunos de los episodios que conformaban su biografía. Y claro que había sufrido pero había aprendido a ser feliz con lo que le regalaba el presente sin mirar demasiado hacia atrás ni preocuparse en exceso por el mañana.

Y sí, tal vez tenga razón y ese sea el secreto para vivir más y mejor. De nada nos sirve cuidar nuestra alimentación y practicar deporte si no estamos en paz con nosotros mismos y con el mundo. Quizás sea el momento de ver nuestro estado emocional como un factor importante y decisivo en nuestra salud. Para bien y para mal.

Cuando nos despedimos me hizo escribirle mi número de teléfono porque dentro de unos meses tiene previsto viajar a mi ciudad (a unos 400 kilómetros de su casa) para reencontrarse con una vieja amiga y me prometió que una vez que estuviera allí contactaría conmigo para vernos. Espero con ansía su llamada.

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