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El semáforo está rojo. El chico de mi izquierda mueve la pierna a un ritmo casi enfermizo y mira a ambos lados de la carretera. Solo se tranquiliza cuando consigue colarse entre coche y coche para cruzar al otro lado de la calle. Algunos le siguen envalentonados por su osadía y unos segundos más tarde, el semáforo se torna verde. En el supermercado observo fascinada el trajín de un gran número de personas que afilan su astucia y picardía para elegir la cola más rápida. Como si se tratará de un juego en el que el último que sale del supermercado pierde. O como si realmente nuestra prisa crónica dependiera de dos minutos más o menos en la cola del supermercado.

¿Qué nos pasa? Caminamos por el ahora con la cabeza centrada en el después. El resultado de esta actitud es agobio, estrés, ansiedad. ¿Por qué? Muy sencillo, ni disfrutamos del momento presente ni podemos arreglar lo que vendrá así que nos frustramos. Pero tampoco seamos utópicos, el ritmo frenético de hoy en día no nos permite andar a paso de tortuga o pararnos a oler cada flor que encontramos por el camino. Existe un punto intermedio entre los dos extremos y aplicarlo es más sencillo de lo que parece.

Está claro que el trabajo, los compromisos sociales y el sinfín de quehaceres al que estamos atados a diario nos empujan a ir a toda máquina pero podemos bajar las marchas cuando estamos en nuestro tiempo libre. Eso se traduce en aprovechar los semáforos en rojo para mirar a los ojos a nuestro acompañante mientras compartimos una conversación interesante o simplemente levantar la vista y observar los edificios que tenemos en frente con los ojos de un turista. Estos pequeños momentos dan un respiro a nuestra mente y la oxigenan para seguir afrontando la jornada.

El contacto con la naturaleza también consigue este efecto sanador. La tierra, el agua y todos sus elementos son maestros de la calma y el disfrute del presente. Recurramos a ellos siempre que nos sintamos perdidos entre horarios de vértigo, listas interminables de obligaciones pendientes y prisa crónica. Al fin y al cabo no se me ocurre una mejor manera de encontrarnos que volviendo a nuestras raíces, ¿no os parece?

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