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Hoy quiero ser clara y concisa. Reivindico el derecho a estar tristes. Pero no solo eso. Exijo poder hacerlo sin sentimiento de culpa ni vergüenza. A priori parece un objetivo sencillo pero desgraciadamente no lo es. Desde pequeños aprendemos que existen emociones aceptadas socialmente y otras que es mejor esconder. Sin ni siquiera darnos cuenta, forzamos sonrisas para caer bien y maquillamos nuestra tristeza. Como si estar tristes fuera algo malo, casi prohibido, que solo podemos mostrar en los ambientes más íntimos o en soledad.

Pero eso no es todo, siempre que nos surge la ocasión, aprovechamos para recordar este código ético a las personas que nos rodean con exclamaciones como “¡Deja de llorar!”o “¡Alegra esa cara!”. ¿Acaso obligamos a los demás a dejar de reír cuando se sienten felices? Sí, lo sé. La intención de esas frases suele ser buena pero no ayuda. Al contrario. Culpabiliza, avergüenza, confunde. Yo os propongo una opción más valiente y sensata: adentrarse en el universo emocional propio y ajeno sin censuras, aceptando cualquier estado de ánimo y ayudando a liberarlo para evitar que se enquiste.

No existen emociones buenas y malas, todas son necesarias y útiles. Según un estudio del psicólogo australiano Joseph Forgas, la tristeza tiene múltiples beneficios emocionales como el incremento de la motivación, la memoria y la capacidad de pensar.

Por lo tanto, la próxima vez que os sintáis tristes, no ignoréis ni disfracéis los síntomas. Visualizad la tristeza como un puente que debéis atravesar para sentiros mejor. No sirve de nada quedarse a mitad de camino o evitar cruzarlo. Solo desde el otro lado veréis la situación desde una perspectiva diferente y estaréis preparados para intentar cambiarla.

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